David Arellano y Guillermo Saavedra



En el fútbol chileno de los últimos tiempos estuvieron siempre los colores de nuestro club más popular, los albos de Colo-Colo, en situación de privilegio. Y al confeccionar la lista de las más grandes figuras del fútbol chileno, fatalmente tengo que reparar en nombres que integraron los diferentes equipos de ese club, a través de su brillante vida deportiva. Y entre esos nombres hay dos que sin esfuerzo, sin necesidad de exigir a la memoria un gran trabajo en la búsqueda, nos salen al encuentro con todos los atributos de quienes merecen llamarse cracks: David Arellano y Guillermo Saavedra. El primero, que nació a la popularidad junto con los blancos colores de su club, y el segundo, que marca toda una época del fútbol nuestro; época que marco el punto de partida del verdadero progreso del más popular de los deportes en Chile. Cuando un grupo de elementos del Club Magallanes apartaron tienda y formaron el más grande y la más popular, y la que daría, por así decir, la verdadera estructura de nuestro fútbol. Y esta labor importantísima cumplida por los equipos albos, para mi tuvo dos razones fundamentales.
Estas razones se llaman David Arellano y Guillermo Saavedra. Yo recuerdo perfectamente los primeros tiempos del club, porque viví esa época junto a las canchas. Recuerdo como si fuera hoy, la habitual escena que tenia por escenario a la Quinta Normal, donde el grupo de jugadores que abandonaban al viejo Club Aguerrido se adiestraban intensa y voluntariosamente, como nunca antes lo habían hecho nuestros jugadores de fútbol. Era una práctica diaria, realizada con fervor, como si en todos aquellos muchachos estuviera presente un sentimiento de responsabilidad, ante lo que estaban destinados a ser para nuestro deporte. Y entre ellos estaba el crack, David Arellano. De escaso físico, débil, pero con personalidad. Personalidad en la que su don de gentes, inteligencia y simpatía eran atributos que le permitían tener un gran ascendiente sobre sus compañeros y personalidad futbolística. Sus amigos del club lo consideraban el mejor porque ninguno de los otros podía hacer lo que él con la pelota. Fue quizás el primer jugador chileno que tuvo verdadera noción del fútbol moderno. Era el tipo de jugador técnico, que naturalmente, en ese tiempo destacaba con mayor nitidez, por cuando era toda una renovación de estilo. Y esa línea delantera del primer equipo que tuvo Colo-Colo nació con la característica que le imprimió David Arellano. Yo recuerdo la admiración de nuestro publico cuando presenciaba la expedición de esa línea, en la que las veloces corridas de los aleros y los furibundos tiros al arco, que eran la modalidad conocida, se trocaban en un armonioso accionar de cinco hombres, que con suavidad, con elegancia, descolocaban a las defensas para entrar cómodamente en el área rival. Y fue naciendo la popularidad de los dos a la par: La del club y la del hombre. Colo-Colo ganaba partidos ininterrumpidamente y David Arellano se hacia aplaudir como ningún otro jugador chileno hasta esa fecha. Nuestro público empezó a gustar de la belleza del fútbol técnico. Se vitoreaba, tanto como la caída de una valla, como un pase de David, justo, oportuno e inteligente. Y ya no se comentaba con un entusiasmo el empuje, la fuerza del shot, que pudiera lucir uno de los 22 jugadores, sino que mucho más la inteligencia de la “entrega”, la oportunidad de un pase en profundidad. David Arellano fue crack con todos los atributos de tal, y para mí un verdadero renovador. El hombre que hizo grande desde un comienzo a la popular institución y a quien le debe el fútbol chileno gran dosis de su progreso actual. Colo-Colo tuvo la suerte de que la influencia de este notable jugador viniera respaldada por la aparición de otro valor extraordinario, que igualmente destacó cualidades personales que se reflejaban en el juego del equipo donde actuaba. Guillermo Saavedra fue un centro half, que en su época brillo con destellos luminosos de gran intensidad. Si en el caso de David sus características de jugador hábil y técnico fueron motivo de influencia directa hacia las líneas delanteras, Guillermo Saavedra imprimió su propia fisonomía al cuadro entero, el equipo de Colo-Colo, donde actuó el “monumento”, como se le llamó en el campeonato mundial de 1930. Se movía en el centro, en la defensa y en el ataque, a voluntad de su centro medio zaguero. Nada más grafico que una publicación de la época, donde aparecía Saavedra en el centro de la página, sujetando diez hilos, que terminaban en las figuras de los otros diez jugadores del team. Se quería demostrar así que el cuadro entero era manejado por la voluntad de un hombre. Y en realidad, pocas veces he visto un cuadro nacional que accionara en forma más armónica, y nunca la figura de un jugador que destacara en la cancha con mayor nitidez su juego personal y la ascendencia que tenia sobre el resto del equipo. Viéndolo jugar, se podía decir que “chupaba” la pelota. Hombre de gran vitalidad, de enorme dominio del balón, de rapidez desconcertante, estaba siempre donde debía estar. Maestro del quite y gran cabeceador, a pesar de su baja estatura, en la defensa era un escollo poco menos que insalvable y en el ataque el jugador sabio, el estratega, que sabia buscar el punto vulnerable del enemigo, para hacer que sus fowards buscaran por ahí el gol. Estas dos figuras, en la descripción de las cuales me he alargado más de los que eran mis intenciones primitivas, fueron a mi modo de ver los más cracks de todos los cracks chilenos, por aquello de que no solo había que admirar en ellos la calidad de su juego individual, sino, más que nada, por lo que aportaron a nuestro fútbol.